Con un simple adiós, cerró la puerta. No miró hacia atrás, nunca volvió. Aquella noche, fue la última vez que lo ví.
Con un simple adiós, con una sonrisa en la cara, se marchó de esta ruidosa ciudad - una que nunca duerme, una que se llena de pútridos y fragantes olores, la ciudad que la vió nacer, la ciudad que en algunos años la vería desaparecer en una tranquila tarde de otoño.
Con un simple adiós, prometimos volver, prometimos reir, prometimos vivir como deberíamos vivir. Dejamos padres, hermanos, hermanas, amigos, conocidos. Se volvieron un dulce recuerdo; se volvieron una agridulce memoria. Y años después, cuando decidimos volver, cuando decidimos revivir aquellos momentos que dejamos atrás, todo ya había cambiado.
Con un simple adiós, me besaste en el cachete y me dijiste te quiero, te amo. Esperé dos días, esperé tres horas, esperé hasta me quedé somnolienta y aburrida, y cuando fui a buscar un poco de café, al regresar, te vi y me recibiste con las manos abiertas. Te abracé y traté de absorber tu calor. Aquel momento ese, más perfecto no podía ser.
Y con un adiós, y con una simple despedida, me marché y prometí nunca volver jamás, porque decidí dejar el pasado en el pasado, en lo más profundo y lejano del tiempo, y empecé a caminar hacia adelante.
Un adiós, una vuelta, y así es como las cosas quedan atrás.
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